REFLEXIÓN PARA ADMINISTRATIVISTAS INDIFERENTES

La adecuada formación en derecho administrativo: ordenada, completa, sistemática y profunda; y también su correcto ejercicio: esmerado, ético y dirigido por la convicción en los axiomas del área, son asuntos encomendados por la mayoría de nosotros al azar, por tanto, descuidados y no incorporados con conciencia plena a la dirección consciente de una vida profesional signada por una ideología, y la satisfacción de seguirla.

 

Que esta actitud se observe en los estudiantes de pregrado de derecho –la ausencia de conciencia plena en la formación–, es normal en cierto sentido, porque en los años de instrucción básica apenas se insinúan las posibilidades de elegir una opción en la profesión. ¡Quedan disculpados los Millennials!, por lo menos por la actitud que se menciona. Pero deben esforzarse, más pronto que tarde, por tomar el camino más recto que conduce a alcanzarla.

 

De allí en adelante mi capacidad de comprensión se reduce, hasta extinguirse, porque la edad y la experiencia tienen que enseñarle a cada uno a apreciar que se trata de un valor que hay que conquistar, y que solo quien lo consigue dirige correcta y eficientemente la fuerza física, la emoción y la inteligencia hacia el lugar elegido, sin dejar a la casualidad el resultado de una mejor formación administrativa ni el de un trabajo bien ejercido en ese campo. Los grandes administrativistas avanzan, decididamente, tratando de materializar lo que piensan y sienten, profunda y comprometidamente; los demás solo recorren sus sendas.

 

Pero trascurren los años y la mayoría de profesionales no se inclinan, con determinación, a apropiarse de las verdades, dogmas, retos y problemas del derecho administrativo, por eso los canjean por cualquier objeto que encuentran en la calle, en las avenidas de cualquier otra área del derecho, e inclusive en las amplias que existen en otras disciplinas. Ni qué decir de la pasmosa elusión de los medianos y grandes problemas del derecho administrativo, esos administrativistas prefieren esperar a que otros los resuelvan, sean administrativistas o no –o sea, ni siquiera Maestros–, para beber de la solución que dan, buena o mala.

 

Me asombra el truque gracioso que hacen, o que toleran sin reproche –¡culpables son por omisión!–, de los principios, valores y reglas de nuestra disciplina; entrada y salida de unos por otros que se concreta sin remordimiento, ni una oración fúnebre se entona para inhumar verdades intemporales y realidades inocultables; actúan con la pasión del que no siente, con la emoción del que no espera; la pérdida de contenidos es un desangre que difícilmente obedece a una elección racional, sino más bien a una escogencia insensata, casi siempre dirigida por la falta de compromiso provocada por el desinterés en la materia –falta de formación–, y a veces por la conveniencia o el miedo –falta de compromiso–.

 

Aquellas dos grandes cualidades destacadas –formación profunda y exigente, y ejercicio reflexivo y consciente– deben fomentarse en el derecho administrativo, si se aspira a formar una verdadera ideología, que conduzca al imperio de la razón dentro del derecho administrativo; sobre todo en tiempos de caos, de desorden e indistinción de las materias, que son los que vivimos, haciendo que su conocimiento sea especialmente desafiante, por las transformaciones que ha sufrido, y porque el ejercicio profesional es más complejo de dirigir hoy, por el contexto en el que se desenvuelve la función administrativa, que se desplazó hacia la zona del mercado.

 

El descuido individual en la exigente formación académica administrativista –ni siquiera culpo a las universidades, sino a cada abogado– produce profesionales que no son nada, desde el punto de vista de la identidad y menos de la ideología: ni administrativistas, ni privatistas ni constitucionalistas; en el mejor de los casos son de todo, pero algunos hasta se perciben a sí mismos como economistas, técnicos, administradores-gerentes, y en el mejor de los casos filósofos, por eso no alcanzan a tener identidad de administrativistas.

 

Y el ejercicio profesional sin dirección, a partir de los contenidos y principios del área, produce el mismo resultado desastroso: juristas a los que no les importan las bases, los axiomas, los valores, los problemas del sector, la tradición, ni el presente, ni el futuro, porque en el trabajo no se juegan la identidad por ninguna teoría trascendente, porque no la tienen, excepto por el específico caso laboral que tienen a cargo.

 

El resultado de este ejercicio profesional, casi estéril, es una masa informe de operadores jurídicos, pero no de juristas, que deambulan por las ciudades; operadores porque sin duda aplican el derecho, todos los días lo hacen, en entidades públicas, en empresas privadas, en la judicatura y en oficinas particulares; pero no son juristas porque no desarrollan un pensamiento trascendente de esta área del derecho, una identidad, una personalidad, una individualidad que los determine positivamente a usar el derecho administrativo de una manera grandiosa y predeterminada, en lugar de vulgar y conveniente; más bien destructora de las verdades que tiene.

 

Es por esto que muchos abogados que ejercen el derecho administrativo no saben si son administrativistas, pues no sienten el peso de esa caracterización, tampoco su valor, ni les importa adquirirlo, no aspiran a conseguirlo, porque se trata de simples aplicadores del derecho administrativo, no de profesionales comprometidos con su doctrina, valores y principios.

 

Y por cierto, casi no quedan Maestros para formar juristas-administrativistas, y algunos que lo fueron ya ni se preocupan por esto, sino por la imagen pedante del pasado, viejos que perdieron el rumbo y la emoción, y desde luego que dejaron de ser Maestros.

 

Pero, la verdad, tampoco hay muchas vocaciones verdaderamente administrativistas, o sea Alumnos superiores y alegres, que estimulen Maestros, para que nazcan donde ni siquiera se advertían…, prevalecen las vocaciones temporales, rápidamente liquidadas por la domesticación del empleo.

 

Mi invitación a quienes nos desempeñamos en el derecho administrativo es a apropiarse, con conciencia plena, de la formación jurídica y del ejercicio del derecho administrativo, pero a partir de conceptos claros de esta disciplina, de la conciencia de los problemas trascendentales que enfrenta y de los valores que ha construido, sin menospreciar las disciplinas ajenas, admitiendo su influencia positiva, pero primero hay que tener claro lo propio para comprender las renuncias que propone el extraño.

 

Así se forma la personalidad de tipo profesional, a partir de la ideología del área del derecho escogida: la nuestra el Derecho Administrativo. Pero hay que elegir, y tener conciencia de la elección, y a continuación avanzar con la responsabilidad que implica.

 

Solo a continuación se puede pensar, críticamente, en las transformaciones que necesita el derecho administrativo, para implementarlas –necesidad inocultable, pero sin la precipitud de lo irracional–, antes no es posible, porque sin conocimiento, claridad, compromiso y afecto no existe la capacidad de proponer los cambios adecuados para impactar la realidad a la que se dirige el Derecho Administrativo.

 

 

 

Fabián G. Marín Cortés

Director del CEDA

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