CORONAVIRUS: ESTADO, DERECHO, EMPRESA Y HUMANISMO

La pandemia provocada por el Covid-19 ha transformado a la sociedad, completamente, incluido el derecho. Los sistemas sociales, entre ellos el derecho –ni qué decir la economía, la política, las prácticas religiosas, y tantos otros subsistemas–, han modificado vertiginosamente sus reglas, mandatos y hasta axiomas, para responder con inmediatez a las necesidades que impone la realidad. La dinámica es sorprendente, la respuesta ofrecida en el mundo uniforme, la comprensión de la situación casi unánime, porque todos, hasta quienes no midieron correctamente la gravedad de la situación, han tenido que aceptarlo: la humanidad está amenazada, salvarla es el objetivo común.

 

Buena parte de lo que sucede con las impresiones, efectos y respuestas dadas hasta ahora sorprenden gratamente, porque obedece a esa inclinación natural, de tipo humanista, que resurge como de las cenizas, donde a la inmensa mayoría le vuelve a importar, principalmente, el hombre por ser hombre, con su tendencia a la subsistencia y a tener un destino y futuro, así que parcialmente se ha relegado el mercado, aunque lo necesitamos, pero ahora mismo solo sometido al sentido de la vida, no tanto a la producción de riquezas que exceda la subsistencia de los empresarios y de los trabajadores. En estas condiciones, indigna que se acaparen los productos, que se incrementen los precios, que se aproveche egoístamente el escenario como un negocio, nadie lo tolera.

 

En estos momentos, en los países con mayor número de contagiados, y en Colombia en una etapa posterior de la evolución de la pandemia, el dinero vale menos, porque prácticamente no se puede gastar, sobre todo en lujos, porque no hay dónde comprar, salvo comida y salud; de los inmuebles solo importa y sirve el que se ocupe para pasar la cuarentena, los inmuebles tenidos en exceso han perdido valor, porque ni se pueden visitar; no hay a quién exhibirle los lujos, porque estamos encerrados; definitivamente los valores cambiaron, pues lo importante en el mercado dejó de serlo, por lo menos mientras dure la cuarentena.

 

También percibo de nuevo el significado e importancia del Estado, como gran organizador de la respuesta a la amenaza que se cierne sobre la humanidad; claro está, sin perjuicio de la colaboración siempre posible, necesaria y útil de los particulares; pero al fin y al cabo colaboración. En estos momentos nadie pronuncia una petición de reemplazo ni siquiera de menosprecio contra el Estado, porque siempre que las situaciones se salen gravemente de las manos, el Estado vuelve a ser lo que es, recobrando su actitud y vocación, como instinto social y político natural: ser el organizador y representante de la voluntad general, de la fuerza, del bien común y del interés público, para afrontar y resolver los problemas complejos de la sociedad.

 

Abruptamente se reinstaló la visión-acción del sujeto político, nunca reemplazado por los particulares, particulares que en eventos que superan su interés o su capacidad de resistencia económica, disimulan en su naturaleza privada, ahora sí, la vulnerabilidad y la imposibilidad de asumir más de lo que les corresponde. De nuevo el Estado debe resolver lo que nadie quiere asumir, con el poder que le confiere ser la suma potestad, el sujeto político que representa a todos, y que tiene la fuerza de todos los hombres reunida en sus órganos y competencias.

 

También me anima ver la respuesta casi unánime de la sociedad: ricos y pobres, intelectuales e ignorantes, obreros y empresarios, actuando coordinadamente, sobrecogidos por la amenaza que puede golpear a cualquiera de todos. De nuevo las emociones comunes nos unen, como en el fútbol, pero esta vez de miedo, sino fuera porque nos segregamos duramente con el cierre de las fronteras, pero para evitar más contagios. Inclusive, el mundo parece una sola república, a juzgar por los sucesos idénticos que se desatan en muchos países, y por la manera como se unifican las medidas de protección. Hasta en esto se manifiesta la globalización.

 

Ante el fenómeno que nos excede como individuos, volvemos a conformar una masa informe; todos constituimos un solo cuerpo social y político, y creo que jurídico, integrado por sujetos temerosos, que tiemblan de pánico, y finalmente somos una masa que se mueve como un cardumen de peces, disciplinados ante el Estado, como no solemos hacerlo en la vida ordinaria, todo porque la amenaza se cierne sobre cualquiera de la sociedad, y por eso volvemos a pedir protección en nombre propio y en nombre de todos. Hasta la delincuencia claudica en esta época, sumisa por el pánico.

 

La vulnerabilidad ante la enfermedad, el desconcierto de un futuro que puede no divisar el mediano ni el largo plazo, unifican a las clases sociales, que en este aspecto no se distinguen, tanto que ni en los centros de salud se clasificarán suficientemente, porque son o serán tantos los infectados que ni en los mejores hospitales habrá medicamentos o tratamientos para los pudientes. Mientras el sistema de salud no colapse la segregación se puede conservar, pero cuando suceda, como en otros países ocurrió, todos perteneceremos al sisben, y seremos tratados con las precariedades del Plan de Beneficios en Salud, o menos. Por eso será que ahora, y solo ahora, todos somos más iguales que antes de la pandemia: por tener el mismo miedo, y sin la capacidad individual para enfrentar la amenaza.

 

Cuando todo pase, ojalá se haya sembrado en tierra abonada la semilla espiritual, política, económica y jurídica de organizar un mundo donde reconozcamos que a nuestro alrededor hay mucha desigualdad, pobreza, ambición, avaricia, debilidad, abuso, para que se renueve el ánimo de que prevalezca el interés general sobre el particular, porque la vulnerabilidad puede regresar, bajo nuevas formas de instigación.

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